"Bajo este régimen, la sociedad está dividida entre los que pueden hablar -unos pocos- y la masa que sólo debe callarse; entre aquellos que se informan porque logran alimentarse en varias fuentes -son menos aún- y la masa que recibe noticias incompletas, deformadas, convergentes." Jaques Kayser (1900-1963), delegado francés en las Asambleas Generales de las Naciones Unidas y la UNESCO.
domingo, 23 de noviembre de 2008
Las estrategias del imperio, guerra de cuarta generación. El enemigo son los pobladores nativos.
El nuevo documental de Guarataro Films y Venezolana de Televisión analiza la doctrina de Guerra en Red o Guerra de Cuarta Generación y su aplicación en Venezuela.
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Un milagro de este mundo censurado por los medios masivos de "comunicación"

De esta gigantesca iniciativa solidaria, sin embargo, no ha informado casi ningún gran medio de prensa, radio o televisión internacional. ¿Por qué? La explicación es sencilla: la Operación Milagro no está financiada por ningún país del Primer Mundo, no está respaldada por fondos del Banco Mundial, ni cuenta con el auspicio de ninguna empresa o fundación privada. Quienes la llevan adelante son dos gobiernos de países del Sur, que aportan a las personas beneficiarias, sin cobro alguno, toda su infraestructura de salud pública, miles de médicos, todos los medicamentos necesarios e incluso el traslado en avión a los hospitales de ambos países.
El nombre de las dos naciones que organizan y financian la Operación Milagro explica, al momento, por qué los grandes medios han decidido silenciarla: son Cuba y Venezuela (2).
Marketing solidarioLo paradójico es que, mientras hacen desaparecer de la agenda informativa el mayor proyecto de solidaridad médica jamás conocido, los medios reservan espacios cada día mayores, a proyectos humanitarios de mínimo impacto que son financiados por clínicas oftalmológicas o distribuidores de productos ópticos (3). Estas iniciativas, que apenas benefician a unos centenares de personas en países del Sur, están integradas en la llamada “responsabilidad social corporativa” de dichas empresas, que es desarrollada desde sus departamentos de marketing. Muchas de estas compañías, claro está, son destacados clientes publicitarios de los medios de comunicación.
Informe de Oxfam también censurado
Un estudio de la organización internacional Oxfam denunciaba que las patentes de la empresas farmacéuticas impiden el acceso a coste adsequible a los medicamentos para el tratamiento de enfermedades de la vista, siendo ésta la causa de la ceguera de más de 30 millones de personas en el mundo (4). Este informe, que aboga por los medicamentos genéricos y por tanto atenta contra los intereses de las compañías farmacéuticas, potenciales clientes publicitarios de los medios, tampoco tuvo el eco informativo acorde a su importancia.
Escasas deserciones de médicos cubanosAlgunos medios, no obstante, sí han informado sobre la Operación Milagro. Pero no para narrar la experiencia de alguna de las miles de personas, marginadas y olvidadas durante años, que han recuperado su visión gracias a la solidaridad de Cuba y Venezuela. Lo único que han recogido como hecho noticiable es el abandono del programa de unos pocos médicos cubanos, que han decidido multiplicar su salario ejerciendo en clínicas privadas de América Latina o Estados Unidos (5). Hay que recordar que existe todo un sistema de captación de médicos cubanos dirigido desde organizaciones de Miami y desde los consulados y embajadas de EEUU. Un sistema que ha resultado ser un completo fracaso si atendemos a las exigüas cifras de médicos captados. Cuba tiene cerca de 42.000 cooperantes en 110 países del mundo, de los cuales el 75% son personal de salud. La página web “Barrio afuera” (6), creada en Miami para la captación con dinero de médicos cooperantes cubanos, habla de un escaso “centenar de profesionales cubanos (que) han llegado a los Estados Unidos procedente de terceros paises”. A pesar de ello, diarios de gran tirada dedican reportajes completos a los poquísimos casos particulares de médicos que han desertado.
Protestas de la élite médica
Los medios también convierten en noticia las protestas de los colegios y asociaciones médicas de los países beneficiados por la Operación Milagro (7). Esta élite profesional y empresarial presiona a sus gobiernos contra estos programas solidarios, ya que la gratuidad del servicio oftalmológico cubano hace peligrar sus intereses económicos.
Proyecto subversivoLa Operación Milagro es un gran desafío para las élites latinoamericanas y para los grandes medios de comunicación del mundo. Es la demostración de que la ideología de la solidaridad puede vencer a la ideología del individualismo y del dinero. Y que la solidaridad no es compatible con los intereses empresariales ni las grandes fortunas. Es un proyecto profundamente subversivo. Por ello, las grandes empresas que controlan el flujo de información en el mundo han decidido censurar una de las más importantes y esperanzadoras noticias de este comienzo de siglo XXI: la Operación Milagro.
Datos totales de pacientes operados desde el 2004 hasta el 28 de octubre de 2008Venezuela: 566.704
Cuba: 171.183
Resto del Caribe (15 países): 54.801
Resto de América Latina (14 países): 511.358
Malí: 6.714
Angola: 2.453
Total (33 países): 1.313.213
(1) http://www.jornada.unam.mx/
(2) http://www.juventudrebelde.cu/
(3) http://www.20minutos.es/
(4) http://comercioconjusticia.
(5) http://www.iblnews.com/story.
(6) http://www.barrioafuera.com/
(7) http://saludpublica.bvsp.org.
José Manzaneda. Coordinador de www.cubainformacion.tv
lunes, 3 de noviembre de 2008
¿De qué crisis hablamos?

Por Santiago Alba Rico
La Jiribilla
¿Qué es una crisis capitalista?
Veamos en primer lugar lo que no es una crisis capitalista.
Que haya 950 millones de hambrientos en todo el mundo, eso no es una crisis capitalista.
Que haya 4 750 millones de pobres en todo el mundo, eso no es una crisis capitalista.
Que haya 1 000 millones de desempleados en todo el mundo, eso no es una crisis capitalista.
Que más del 50% de la población mundial activa esté subempleada o trabaje en precario, eso no es una crisis capitalista.
Que el 45% de la población mundial no tenga acceso directo a agua potable, eso no es una crisis capitalista.
Que 3 000 millones de personas carezcan de acceso a servicios sanitarios mínimos, eso no es una crisis capitalista.
Que 113 millones de niños no tengan acceso a educación y 875 millones de adultos sigan siendo analfabetos, eso no es una crisis capitalista.
Que 12 millones de niños mueran todos los años a causa de enfermedades curables, eso no es una crisis capitalista.
Que 13 millones de personas mueran cada año en el mundo debido al deterioro del medio ambiente y al cambio climático, eso no es una crisis capitalista.
Que 16 306 especies estén en peligro de extinción, entre ellas la cuarta parte de los mamíferos, no es una crisis capitalista.
Todo esto ocurría antes de la crisis. ¿Qué es, pues, una crisis capitalista? ¿Cuándo empieza una crisis capitalista?
Hablamos de crisis capitalista cuando matar de hambre a 950 millones de personas, mantener en la pobreza a 4 700 millones, condenar al desempleo o la precariedad al 80% del planeta, dejar sin agua al 45% de la población mundial y al 50% sin servicios sanitarios, derretir los polos, denegar auxilio a los niños y acabar con los árboles y los osos, ya no es suficientemente rentable para 1 000 empresas multinacinales y 2 500 000 de millonarios.
Lo que demuestra la superior eficacia y resistencia del capitalismo es que todas estas calamidades humanas ―que habrían invalidado cualquier otro sistema económico― no afectan a su credibilidad ni le impiden seguir funcionando a pleno rendimiento. Es precisamente su indiferencia mecánica la que lo vuelve natural, invulnerable, imprescindible. El socialismo no sobreviviría a este desprecio por el ser humano, como no sobrevivió en la Unión Soviética, porque está pensado precisamente para satisfacer sus necesidades; el capitalismo sobrevive y hasta se robustece con las desgracias humanas porque no está pensado para aliviarlas. Ningún otro sistema histórico ha producido más riqueza, ningún otro sistema histórico ha producido más destrucción. Basta considerar en paralelo estas dos líneas ―la de la riqueza y la de la destrucción― para ponderar todo su valor y toda su magnificencia. Esta doble tarea, que es la suya, la hace mejor que nadie y en ese sentido su triunfo es inapelable: que haya cada vez más alimentos y cada vez más hambre, más medicinas y más enfermos, más casas vacías y más familias sin techo, más trabajo y más parados, más libros y más analfabetos, más derechos humanos y más crímenes contra la humanidad.
¿Por qué tenemos que salvar eso? ¿Por qué tiene que preocuparnos la crisis? ¿Por qué nos conviene encontrarle una solución? Las viejas metáforas del liberalismo se han revelado todas mendaces: la “mano invisible” que armonizaría los intereses privados y los colectivos cuenta monedas en una cámara blindada, el “goteo” que irrigaría las capas más bajas del subsuelo apenas si es capaz de llenar el cuenco de una mano, el “ascensor” que bajaría cada vez más de prisa a rescatar gente de la planta baja se ha quedado con las puertas abiertas en el piso más alto. Las soluciones que proponen, y aplicarán, los gobernantes del planeta aceptan, en cualquier caso, la lógica inmanente del beneficio ampliado como condición de supervivencia estructural: privatización de fondos públicos, prolongación de la jornada laboral, despido libre, disminución del gasto social, desgravación fiscal a los empresarios. Es decir, si las cosas no van bien es porque no van peor. Es decir, si no son rentables 950 millones de hambrientos, habrá que doblar la cifra. El capitalismo consiste en eso: antes de la crisis condena a la pobreza a 4 700 millones de seres humanos; en tiempos de crisis, para salir de ella, solo puede aumentar las tasas de ganancia aumentando el número de sus víctimas. Si se trata de salvar el capitalismo ―con su enorme capacidad para producir riqueza privada con recursos públicos― debemos aceptar los sacrificios humanos, primero en otros países lejos de nosotros, después quizá también en los barrios vecinos, después incluso en la casa de enfrente, confiando en que nuestra cuenta bancaria, nuestro puesto de trabajo, nuestra televisión y nuestro ipod no entren en el sorteo de la superior eficacia capitalista. Los que tenemos algo podemos perderlo todo; nos conviene, por tanto, volver cuanto antes a la normalidad anterior a la crisis, a sus muertos en-otra-parte y a sus desgraciados sin-ninguna-esperanza.
Un sistema que, cuando no tiene problemas, excluye de una vida digna a la mitad del planeta y que soluciona los que tiene amenazando a la otra mitad, funciona, sin duda, perfectamente, grandiosamente, con recursos y fuerzas sin precedentes, pero se parece más a un virus que a una sociedad. Puede preocuparnos que el virus tenga problemas para reproducirse o podemos pensar, más bien, que el virus es precisamente nuestro problema. El problema no es la crisis del capitalismo, no, sino el capitalismo mismo. Y el problema es que esta crisis reveladora, potencialmente aprovechable para la emancipación, alcanza a una población sin conciencia y a una izquierda sin una alternativa elaborada. Se equivoque o no Wallerstein en su pronóstico sobre el fin del capitalismo, tiene razón, sin duda, en el diagnóstico antropológico. En un mundo con muchas armas y pocas ideas, con mucho dolor y poca organización, con mucho miedo y poco compromiso ―el mundo que ha producido el capitalismo― la barbarie se ofrece mucho más verosímil que el socialismo.